domingo, 16 de noviembre de 2014

SOBRE EL TREN CHICO VIAJA MI AMOR

El joven estaba a la orilla de los rieles (pequeños, diminutos, ínfimos, de apenas 60 centímetros de ancho), con la chupalla sobre el pecho, soportando dificultosamente el mediodía de la canícula ñublensina que le había bronceado la piel, calzando unas sandalias de barro desvencijadas por el trajín interminable del trabajo diario (acarreando una carreta con la que iba a vender al mercado de Chillán, todos los días, lo que se cultivaba en sus tierras), y con toda su alocada juventud de campesino soltero revoloteándole en los nervios. Venía de Chillán, de hacer las ventas del día, con el dinero dentro de una carterita oculta en la chupalla, cabalgando el caballo que tiraba de la carreta. De pronto, en el horizonte, se sintió la estremecedora respiración mecánica del tren chico acercándose implacablemente bajo el sol, silbando sus melodías monótonas de tránsito inalterable y espantando a las codornices que lucían orgullosas sus coronas de plumas.
  
El joven, apenas vislumbró el humo del tren chico que anunciaba su travesía triunfal por los campos de Ñuble, desamarró la carreta, preparó a su caballo («Durazno», lo llamaba, cariñosamente), y comenzó a galopar triunfante al lado de la línea de fierros atravesados por tablas, velozmente, como si fuera la última carrera de su vida, elegante, como si aquél camino fuera la pista de carreras más hermosa del mundo. Corría el caballo de carne y hueso lo más rápido que podía, jadeando de sed, abochornado, intentando ganar el desafío, hasta que el otro caballo, el de hierro, pasaba a su lado en una tormenta de humo y vientos y olores distintos, y en la última ventana, al lado derecho del tren, completamente absorta en la lectura, iba una muchacha colorina de rizos angelicales y mirada devota, piel de oro y manos celestiales, la niña más linda que aquél joven haya visto en toda su vida, y siguió galopando detrás del tren, pensando que quizás, por alguna razón desconocida, esa criaturita perfectamente bella y mágica asomaría su cabecita por la ventanita y lo vería ahí, desfilando tras ella, intentando alcanzarla desesperadamente, persiguiéndola con toda la locura de sus años mozos, y con esa esperanza seguía marchando veloz, sin detenerse, hasta que perdía de vista al tren chico.

Era así desde hace dos años. En una ocasión, cuando venía de vuelta al latifundio de su patrón, recorriendo los bordes de la línea que conectaba Chillán con Recinto («Tren chico» lo llamaban todos), la vio por vez primera.  Aquél día echó a correr sin desatar la carreta, y los productos que traía sobre ella se desparramaron por toda la línea férrea. Entonces llovía, y las herraduras del Durazno se hundían en el barro. Él todavía no sabía que pasaría dos años siguiéndola todos los días, pero lo descubrió con el tiempo, con las lluvias de agua y de sol que lo bañaban cuando ella aparecía en el mismo asiento, siempre leyendo, siempre ignorándolo. Y él, que soñaba con la muchacha, con tocarla, hablarle o simplemente respirar el mismo aire que ella, cuando se encontraba solo en su campo, tomaba la guitarra y se ponía a cantar «Sobre el tren chico viaja mi amor, mi china quería, mi lucerito, mi corazón», entre sollozos, canturreándole a su magra suerte de no conocerla.


Sólo pudo conversar con ella una vez, y fue todo. Estaba en el mercado de Chillán, vendiendo los duraznos, membrillos y uvas, cuando ella apareció, seguida de varias señoras, todas adultas. Él, embrutecido por los nervios y por las ansias de querer cantarle todo el día, se atropelló en las palabras, y sólo fue capaz de susurrarle un rutinario «¿Qué anda buscando mi reina?». Ella dejó escapar una risilla alegre (estaba muy bien vestida y se notaba contenta) y le respondió con tono festivo: «¡Frutas! ¡Muchas frutas! ¡Para mi matrimonio!».

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